Isabel Calvillo Jarillo

Isabel nació el 31 de octubre de 1933, hija de Juan Calvillo Morales y Ana Jarillo Gómez. Creció junto a sus hermanos Juan, Ana, María y Antonia, además de Frasquita, quien tristemente falleció al nacer.
Su padre se dedicaba a la elaboración de cal y yeso en la zona del molino, mientras que su madre asumía el cuidado del hogar y la crianza de la familia.
Desde muy joven, Isabel comenzó a trabajar como sirvienta, primero en Cantillana y más tarde en Ubrique. Aquellos años estuvieron marcados por privaciones y hambre, pero también dejaron recuerdos entrañables. Entre ellos destaca la visita de un circo a Cantillana, una experiencia que disfrutó intensamente y que conserva con especial cariño hasta el día de hoy.
Isabel se casó con Juan González López, a quien había conocido cuando apenas tenía trece años. Juan nació en La Venta. Su infancia estuvo marcada por la tragedia: su padre fue asesinado cuando él era pequeño. Su madre, costurera, lo llevó consigo a los cortijos donde trabajaba y, más tarde, volvió a casarse. De esa nueva unión nacieron Antonio, Rafael y Catalina, además de varios hermanastros.
Desde joven, Juan comenzó a trabajar haciendo carbón y recogiendo leña. Tras casarse, la pareja se instaló en la casita del Olivo, en el camino del Nacimiento. Isabel se ocupaba del hogar y también recogía aceitunas en el Hondón y en el Boyar, incluso durante sus embarazos.
Hacia 1963, Isabel y Juan alquilaron el único bar del pueblo, conocido como el bar de Chacón. Isabel se convirtió en el alma del lugar, preparando guisos que aún se recuerdan: pajaritos, conejos, carne de cerdo, tortillas de espárragos, lomo con tomate y lomo en manteca. A menudo cocinaba para más de veinte trabajadores que participaban en la construcción de la carretera. El bar no solo ofrecía comidas, sino que se transformó en un auténtico centro de vida social: allí se celebraban bailes, bingos navideños, partidas de dominó, bodas, bautizos e incluso proyecciones de películas durante el verano.
Isabel trabajaba incansablemente mientras cuidaba de sus hijos: Antonio, Juan, Ana y Eli. Tras el cierre del bar, disfrutó de dos años de viajes y encuentros junto a otras parejas del pueblo, compartiendo momentos felices. Siempre fue una mujer alegre, risueña, generosa y sin rencores. Sin embargo, el día que falleció su hermana dejó de cantar, y nunca volvió a hacerlo.
«Merece vivir», dice su médico con admiración.
Desde 1992, Isabel ha sido socia de la Asociación de Mujeres, donde se dedicó a aprender nuevas habilidades como coser y hacer punto. También asistió a la escuela de adultos, donde logró aprender a leer y escribir, un logro que marcó profundamente su vida.
En su negocio, recurría al ingenioso método tradicional de la cuenta la vieja, utilizando garbanzos para llevar las cuentas, muestra de su capacidad de adaptación y creatividad. A pesar de los desafíos que ha enfrentado, Isabel conserva una gran vitalidad y mucho por compartir.
Además, participó activamente en la Asociación de Vecinos organizada por Alberto, contribuyendo con entusiasmo al bienestar de su comunidad y fortaleciendo los lazos vecinales.
«Isabel, el mundo necesita muchas mujeres como tú. Eres un orgullo para nuestro pueblo y para todas las mujeres.»
Te queremos mucho. ¡Felicidades y salud!
Benamahoma, 8 de marzo de 2024.
